Ambos representan, como el símbolo del teatro, que el pasado viernes celebraba su día, dos caras de un mismo fenómeno. Gerardo Malla es un muy consagrado señor de las tablas, del escenario, un histórico de la escena, abanderado de los clásicos del Siglo de Oro, de las vanguardias y de las revoluciones artísticas y vitales, que para algo el teatro es vida. Ha paseado su virtud y su voz mágica por teatros, televisiones y escenarios de todo el país.
En los últimos años como productor de cine, teniendo la osadía y el atrevimiento, por ejemplo, de participar en obras como la que le ocupa este año. Nada más y nada menos que Fuenteovejuna, con 36 actores en cada función. A su lado, sin amilanarse por el talento que tiene enfrente, sino todo lo contrario, haciendo gala de admiración y absorbiendo, en positivo, los trances vitales que Malla le traslada, Cora Velasco, se busca un hueco en este difícil mundo del arte.
De momento, alterna sus estudios con la actuación, la formación dramática paralela y el trabajo, cuando puede, de actriz. Siempre con decisión, valentía, inteligencia e ilusión. Mucha ilusión. Pero ese elemento tan importante, tan básico e imprescindible en estas lindes es común a ambos, a pesar de la distancia en los tiempos y la experiencia.
Sería excepcional que se contaran uno a otro su perspectiva del teatro desde su punto de vista, sus anhelos y aspiraciones.
Gerardo Malla- Pues ya puestos, cuéntame Cora, qué quieres del teatro, qué imaginas que puede salir de este encuentro. Vaya, parece que la entrevista la fuera a hacer yo.
Cora Velasco- Pues, sobre todo, me preocupa cómo empezar, en qué escuela dramática de España matricularme, qué método seguir…
G.M.- No soy amigo de consejos, porque cada persona es un mundo y todos tenemos nuestro camino, pero humildemente te aconsejaría, a ti y gente que está en tu situación, que fueras directamente a una escuela importante como la de Arte Dramático de Madrid. Fundamentalmente, porque allí vas a encontrar contactos, una gran forma de vivir y aprender. Yo empecé en una escuela de cine, porque cuando me miraba al espejo creía que daba la figura. Y, de hecho, empecé por el cine, pero acabé de rebote en el teatro y, eso sí lo tengo claro. Creo que la clave de todo esto está en el teatro.
C.V.- Pues sí, ahí estamos de acuerdo. Es a lo que aspiro. A introducirme en este mundo, sin saber muy bien a dónde llegar, por la puerta del teatro.
G.M.- Sí, es como la pintura o el ballet. Para bailar todo hay que empezar por el ballet clásico.
Pero, ¿el actor nace o se hace, el teatro se aprende o se lleva dentro?
G.M.- Cada uno tiene su teoría. Yo creo que se nace, lo cual no quiere decir que el que no lo sea no puede dedicarse a ello. Pero, normalmente, hay algo en el individuo que le predispone a algo. Sea astronauta o barrendero. En el caso del teatro no sé lo que es, pero seguro que daría para escribir un libro. ¿Cierto exhibicionismo, una manera de vencer timidez, una forma de intentar darte de una manera diferente a los demás de como eres, es vivir la vida de otros personajes? Vaya usted a saber. En mi caso, porque mediaban también otras circunstancias políticas, filosóficas y culturales, fue por afán de huir. Nací en 1936 y me tocó vivir una España gris, muy gris, que algunos parecen negar. Pero yo doy fe de que era un país siniestro, horroroso, horrible. Afortunadamente para la Historia, ya pasó. En ese contexto, la gente de mi edad, los jóvenes, o nos adaptábamos o huíamos de diversas maneras. Lo que más me gustaba, lo que me hacía feliz, donde podía respirar fue el cine. Por eso fui a la escuela de cine y allí me dí cuenta de que el teatro era la clave para interpretar.
C.V.- En mi caso, es una búsqueda, salvando las distancias, en un sentido similar, en el sentido de que lo que rodea me queda pequeño. Necesito marcharme, descubrir gente, mundos, maneras, formas de trabajar. Y, por la experiencia que he tenido en trabajos, grupos y reuniones, cursos, seminarios de teatro, el resto de las personas de mi edad también persiguen una búsqueda vital con el teatro.
Es de imaginar que no ha sido un camino fácil para Gerardo ni lo será para Cora.
G.M.- La trayectoria y los caminos son duros. No digo que haya sido un camino de rosas, pero tampoco un tormento. Ayuda en gran medida saber lo que se desea, o al menos lo que no se quiere. Lo que sí he tenido claro siempre desde un principio y esto quizás me diferencia de otros actores, es lo que no quería hacer. Por eso yo he sido un actor que me metí en esto sabiendo lo que no quería hacer. Y eso puede ser en algunos momentos una gran dificultad si la mantienes como un principio. Ésa ha sido mi gran dificultad. Pero todo ha ido surgiendo y evolucionando de una manera natural. En todo ello tuvo mucho que ver una decisión que marcó mi vida y que, en cierta manera, es lógico que haya surgido en una persona como yo en aquella época: el compromiso. Político. Vivía en una España facha. Y yo no era facha. Y en el teatro podías escoger una línea facha. Y también en el cine. Entendía que determinadas cosas no las quería hacer porque vitalmente e ideológicamente me chirriaban. Entonces cogí lo que en aquellos momentos se podía coger: la dignidad. No hacer algo que me avergonzase, no hacer determinado cine ni teatro. Con el tiempo tuve hijos y con más razón quise que no se avergonzaran de mí. Por eso he elegido y he desarrollado muchos trabajos.
C.V.- Cómo lo entiendo. La satisfacción de un buen trabajo, de un buen papel, de hacer lo que te gusta, es lo máximo a lo que se puede aspirar. Ése es un problema que tarde o temprano se me va a plantear, seguro. Como imagino te ha pasado a ti y le ocurre a mucha gente en muchas profesiones, pero más en esta que está relacionada con el arte, con la creación, con la expresión. Aunque de momento no me he planteado mucho, no me he sentado a pensar en la típica cuestión del gremio: ¿voy a hacer cine, teatro o televisión? Prefiero trabajar, seguir camino y ver en qué depara todo. Porque, además, cada uno de estos ámbitos tiene su particularidad. Sin embargo, sigo decantándome por el teatro, que creo que es el más digno de los tres, el más polivalente y aprovechable. Aprender un texto, imbuirte de él, transformarte en otra persona, en definitiva, demostrar talento es más propio del teatro. Lo valoro más. Aunque de momento soy consciente de que no poseo aún todos los instrumentos y recursos para evitar los fallos.
G.M.- Eso nunca se detiene. Siempre se está aprendiendo. Pero sí, la profesión te va dando ciertas herramientas.
¿Hoy en día se puede elegir?
G.M.- Es difícil, pero actualmente todo el mundo puede elegir. Condicionado a veces por tener que mantenerte y sobrevivir, con lo que las posibilidades de elegir se reducen, son pocas. Pero hay que descubrir tu hueco, tu mundo.
C.V.- Soy privilegiada, porque de momento y al menos en cuanto a lo que me gusta, puedo elegir y para mí es el teatro, sin duda.
¿Sigue vivo el teatro?
G.M.- A pesar de todos los que lo quieren matar la evidencia es que está muy vivo. Creo que más que nunca. Nada puede acabar con él. Ni el vídeo, ni el cine, ni el DVD. Es la presencia viva del actor lo que lo hace inmortal, la esencia del teatro. No se puede ver a nadie en vivo más que en el teatro, ésa es su fuerza y su grandeza.
C.V.- Ese susurrarte o gritarte ante ti, no existe en otra expresión, no tiene comparación y solo es posible en el teatro.
¿Qué sería pues un buen actor, una buena actriz?
C.V.- Desde mi punto de vista y dada mi situación, no creo que pueda definirlo. Seguro que Gerardo tiene más experiencia y tablas para saberlo. Podría hablar desde el punto de vista de que aspiro a ser buena actriz y en ese sentido ser buena es alguien que hace que una persona que esté sentada en una butaca pueda llegar a sentir algo con lo que tú estás intentando hacerle creer, transmitir. Que se emocione, que rabie, que se motive, que se ría… Me parece una satisfacción enorme que alguien, en un momento determinado, tras una actuación, pueda comentarte que se siente identificado con el papel que has representado o que le has obligado a sentir algo.
G.M.- Perfectamente. Me identifico plenamente. No hay más que hablar.
¿Y eso se consigue con algún determinado método?
C.V.- Hay muchos métodos y suele ser la pregunta del millón, pero aunque se puedan aprender métodos, pienso que cada persona tiene que tener y encontrar el suyo, encontrar lo que le va bien para conseguir su objetivo.
G.M.- Cuando los métodos son métodos es porque se han ido afirmando y consolidando con el tiempo. No responden a un capricho y están respaldados por la experiencia, los resultados y la puesta en práctica. Se habla de métodos cuando se ha consolidado. Como en literatura. Todo el mundo sabe quién es grande en los libros. Por eso todo método es una técnica que se ha consolidado. Y cada uno puede coger un poco de aquí y de allá. En mi caso, yo tengo un método que no es método, soy muy ecléctico. Pero me parece que el más típico, el de Stalivsnasky que seguían los del Actor’s Estudio es muy atractivo, porque entre otras cosas, analizar la efectividad de un método es ver qué resultados ha dado. Y cuando veo a grandes actores como Marlon Brando, Paul Newman y su mujer que lo han seguido, no tengo más que analizar. Porque, además, toda técnica tiene una evolución y una trayectoria. En ese sentido, todo método que sirva para conseguir un resultado, sacar del actor lo que lleva dentro y transmitirlo con efectividad, es válido.
C.V.- A todo eso habrá que añadir la cosecha propia.
G.M.- Por supuesto. Lo propio lo es todo. De nada sirve saber mucho y seguir una buenísima técnica si no somos capaces de utilizar nuestro espíritu, nuestras artes y convertirlo en una buena interpretación.
C.V.- Lo bueno y lo malo. Darle la vuelta a una situación por la que estés pasando y utilizarla para ser efectivo. Por ejemplo, estar muy deprimido y usar esa sensación, ese sentimiento para, reconociéndolo, asumiéndolo, haciéndolo tuyo, poder hacerlo visible a los demás. Ése uno de los grandes ejercicios que nos obligan a realizar siempre a los principiantes, pero el gran secreto, la gran virtud es saber lanzarlo fuera.
G.M.- El gran alcance de la interpretación es que uno pueda utilizar todo lo que tiene, tanto lo bueno como lo malo en su beneficio. Todo. Si yo tengo una tragedia ahora, voy y lo cuento en el escenario. Si tengo una gran alegría, voy al teatro y utilizo eso para transmitir una gran alegría. El sentimiento que sea. Creo que ésa es la gran terapia del teatro.
C.V.- Ahora bien. Si no sabes utilizarlo, se puede volver en tu contra y sufrir mucho o parecer un loco. Muchos chavales acaban llorando en ejercicios de este tipo en las escuelas de teatro, porque no saben separar lo que es interpretación de lo que es tu propia vida.
G.M.- Si se analiza la historia de la interpretación ha habido grandes actores que han sabido separar estos dos ámbitos y que han sabido aprovechar todo lo que gira en torno a su vida. Todo es válido. Aunque parezca pequeño. Es como los ingredientes de un gran plato.
¿Cuál es el papel de vuestra vida?
C.V.- Me encantaría interpretar a la Celestina. Tú, Gerardo, seguro que ya has realizado tu papel soñado con semejante trayectoria.
G.M.- Siempre quedan papeles por interpretar. Existen dos obras que me gustaría mucho realizar. Creo que estoy en la edad. Porque en esto pienso que tiene mucho que ver la edad. Uno de ellos sería Muerte de un viajante, para destacar mi lado más familiar, del amor que sientes hacia los hijos, hacia la mujer… y el otro, Ricardo III para sacar mi lado más criminal, más salvaje, animal.
C.V.- Y, aunque pueda sonar a típico, alguna obra o personaje de Shakespeare, como Macbeth, aunque en esa obra los mejores papeles son los secundarios como los mediocres que aparecen detrás, revolviéndolo todo, enturbiándolo todo, creando espectáculo en definitiva. Son todo un reto. Luego habría que ver con qué lado de la vida, de la interpretación en definitiva te encuentras más a gusto. Porque, aunque pueda parecer un estereotipo, siempre se está discutiendo sobre qué es más fácil o difícil, si la comedia o la tragedia, y casi nunca se tiene en cuenta que cada persona está más dotada o vinculada hacia una de las dos. Hay que superar el prejuicio de que aquellos que hacen comedia son menos actores o actrices que los que interpretan papeles dramáticos y viceversa. Esto viene a cuento de que soy bastante consciente de que, por mi manera de ser, tiendo bastante más a la comedia y me encuentro a gusto en ella, aunque también es un reto, porque paradójicamente es más difícil de canalizar para mí que la tristeza. Lo digo, además, satisfecha y orgullosa.
G.M.- Todo esto tiene que tener su cierta lógica. Pues, a pesar de mi forma de ser, seria, apocada, tímida, pienso que estoy más dotado para la comedia pues tengo tendencia a mirar con humor, con ironía y cierto cinismo todos los asuntos importantes de la vida. Y, además, he hecho comedia y, sinceramente, hacer reír consiste en ponerse muy serio.
C.V.- Sí porque, además el que hace reír lo consigue a tenor de sufrir una desgracia y contarla. Al público le gusta soltar la carcajada con algo que le ha sucedido al otro, al vecino.
G.M.- Cosas del teatro.

