El hombre que firma unos documentos oculto por varios rimeros de papeles lleva veinte años sentado en la misma silla. No es una metáfora. “Cuando dicen que a Touriño lo echó una silla, pongo la mía de ejemplo. Lleva toda la vida aquí”. La silla ya estaba cuando él llegó a la Diputación de Ourense en 1990 y no cayó en la tentación de cambiarla, a pesar de que un muelle le agujereó dos pantalones. “Pero el muelle no se metió por ningún mal sitio”, avisa José Luis Baltar divertido mientras se levanta como un resorte para mostrar el asiento desgastado por muchas horas de uso.
Es jueves y en la puerta de su despacho se arraciman varios alcaldes que esperan ser escuchados. “Da igual la hora a la que salga, pero de aquí no se va nadie sin ser atendido”, comenta para acelerar la entrevista. Es su manera de entender la política, que muchos interpretan como caciquil, pero ya llegará la el momento de meterle el diente a este asunto. Porque Baltar puede caer mejor o peor, pero él solo se esconde cuando lo tapan los papeles que abarrotan su mesa de trabajo, en la que no hay ordenador. “Tampoco utilizo reloj ni móvil ni ninguno de esos adelantos”.
José Luis Baltar nació en Esgos el 10 de octubre de 1940. Hijo mayor de un barbero que completaba el sueldo para dar de comer a él y a sus cuatro hermanas trabajando de cartero peón, a los 13 años tuvo que abandonar el Colegio de los Padres Salesianos de Arévalo al enfermar del corazón su progenitor. “Había misiones buscando vocaciones y mi padre, como no podía pagar mis estudios, me dejó ir”, comenta. Estuvo interno en Cambados y después en Arévalo, pero al volver en sus primeras vaciones en dos años, su madre le comunicó que no podía regresar porque ella no podía tirar de toda la familia sola. De no ser por la delicada salud del padre, hoy José Luis Baltar podría estar sentado en otra silla. En Arévalo los curas decían “éste acaba de obispo, pequeño, pero obispo”.
La vocación de Baltar quedó aplacada por las urgencias económicas de la familia. “Por el corazón, mi padre no podía trabajar de cartero y fuimos a hablar con el jefe de Correos. Me hizo un examen y, aunque era menor de edad y no podía todavía trabajar, me autorizó para que lo supliese”.
Quizá en ese momento nació su manera de hacer política. Baltar apura al máximo las reglas con tal de ayudar a la gente, aunque su actuación sea calificada de caciquil y su política de clientelar: “Hay que ver lo que se entiende por cacique. Si es el concepto tradicional de hacer las cosas en el propio beneficio, no lo soy. Si es el de una persona que puede utilizar su posición para echar una mano a los demás, pues lo soy. Yo nunca me levanté de la cama pensando a quién podía joder, sino a quién podía ayudar. Hice más dinero por lo que ahorré que por lo que cobré. Es que no gasto en nada. Veraneo en mi chalet de San Vicente do Mar, como todos los días en casa excepto el 11 de agosto, cuando celebro mi aniversario de boda, los dos hijos ya son mayores...”.
José Luis Baltar tiene una salida para todo y siempre busca una salida. Trabajaba de cartero peón y en ese momento decidió que tenía que hacerse maestro. Para poder estudiar por libre hacía de revisor en el autobús que unía Esgos con Ourense a cambio de que no le cobrasen el viaje. “Gané la oposición con el número dos. Sólo me superó mi profesor, pero es lógico”, comenta entra carcajadas.
En su primer destino, ya casado con Alicia Blanco, “la mujer que más manda en Ourense” según decía Fraga, se enredó en política. Baltar vuelve a saltar con una vitalidad soprendente para los 68 años que sí peina. “Fraga lo decía porque en 1991 le dije que no quería saber nada de política hasta que mi mujer se recuperase de un cáncer. Me pasé tres meses con ella en Madrid. Solo venía los viernes a firmar. A mi mujer le hago caso en todo, pero ella no se mete en las decisiones políticas como dice mucha gente. El único consejo que lleva repitiendo desde hace 20 años es que lo deje, que me marche para casa”. De momento, no le ha hecho caso ni piensa hacerlo hasta dentro de dos años cuando abandone la Diputación. “Dije que me gustaría irme con un buen resultado del PP y es el momento. Agradeceré que el partido no me pida que continúe, porque he cumplido un ciclo. La cabeza está bien, pero ya no tengo el mismo humor. Mira, si hoy pudiese volver atrás, no me dedicaría a la política. Te roba todo el tiempo y al final de qué te vale ser el más poderoso del cementerio o el más rico”. Para no tener el mismo sentido del humor de antes, no es capaz de contener una carcajada después de cada parrafada.
En aquel primer destino en Carreda (Nogueira de Ramuín) comenzó a liderar a los vecinos porque las carreteras no estaban asfaltadas, no había traída... “Y el secretario, que era muy pillo, le dijo al alcalde que me metiese de concejal. Acepté y se me acabó la fuerza, porque cuando estás fuera piensas que lo puedes arreglar todo y cuando estás dentro te das cuenta de que no es así”.
Alcalde de Nogueira de Ramuín por escandalosas mayorías absolutas de once a cero o diez a uno desde 1976 hasta mayo de 1995; cofundador de Centristas de Galicia, el partido de Eulogio Gómez Franqueira y Victorino Núñez; presidente de la Diputación de Ourense; José Luis Baltar ha sido el político que más quebraderos de cabeza ha dado a Manuel Fraga. El día que el Patrón se desmayó en una reunión del partido en 2004, después de desvanecerse por la mañana en el Parlamento, lo primero que preguntó nada más despertarse fue dónde está Baltar. “Estoy preparando un golpe de Estado”, le dijo Baltar. Vuelve a reírse.
En esa reunión Fraga estaba convencido de que Baltar iba a romper con el PP para alistarse en el bando de José Cuiña y fundar un nuevo partido. “Yo con Fraga podía ponerme chulo porque tengo el respaldo de los votos y de los alcaldes. Cuando trepas con el dedo, sucede que cambia el dedo, señala a otro y te tienes que marchar para casa”.
A él nadie lo ha movido de la silla. “Le dije a Victorino Núñez que no se fuese al Parlamento porque descuidaba el territorio. No me hizo caso. Yo soy mejor de número dos, pero si tengo que ser el número uno, no consiento que nadie me haga la política”.
Él es el que hace. Apoyó a Cuiña hasta que comprobó que no lo apoyaban, no dejó ir a Feijóo por Ourense en las pasadas elecciones y en éstas le ofreció el puesto. Asegura que el nuevo presidente de la Xunta le pidió que hablase con Luis Carrera para que aceptase encabezar la lista de Ourense. También niega el cargo de filtrar los problemas de Carrera con Hacienda. “En estas elecciones ganamos sin número uno de la lista, en las próximas vamos a ganar sin listas”, bromea. Baltar ha jugado siempre con el aval de los votos. ¿Inventó él el carrexo? “Lo hacemos todos, pero nosotros ganamos. Hay que trabajar. En todas las elecciones voy a Nogueira para vigilar cómo va la cosa. Vi a una pareja y tuve dudas. Le pregunté si me darían el voto, me dijeron que sí y entonces les cambié las papeletas que llevaban en la mano por unas del PP. Los acompañé hasta la mesa y luego comprobé que le iban a votar al PSOE”.
Vuelve a soltar otra risotada. Baltar en estado puro. El mismo que llevaba chorizos en el maletero, el hombre que acude a comulgar de último en todos los entierros, el político que cuida el voto como un labrador la tierra para que nadie le pueda mover la silla. “En las primeras vaciones tras entrar en laDiputación precinté esta silla con cinta de la polícía para que nadie se pudiese sentar en ella. Dicen que controlo mucho, pero en política si no lo haces acaban echándote fuera a los días”. Más risas. Baltar nunca quiso pisar la moqueta de la Xunta. Lo ha hecho su hijo, un chaval muy preparado y ahora vicepresidente de la mesa del Parlamento, que carga con la losa de ser hijo de quien es. A José Manuel Baltar solo le ha dado un consejo que no ha escuchado: que no se metiese en política. “Quizá tenga que irme yo para que lo consideren. Yo de él, sólo puedo decir una cosa: no es parvo”. Para acabar solo queda decir "feito", como hace él cada vez que promete algo.

