Hace unas semanas, la FAES publicaba, con cierto escándalo, un opúsculo mío titulado “Las paradojas de la normalización lingüística”. El artículo ha sido criticado despiadadamente en círculos nacionalistas, que han protestado, sobre todo, un dato y tres palabras.
Algunos se han servido de argumentos; otros han preferido insultos biliosos (por cierto, ganó Fernán Vello con su “odio etnicida”; aún me estoy riendo).
El dato impugnado es aquel que sitúa en el reinado de Alfonso X el Sabio la instauración del castellano como variante romance de prestigio, lo que contrasta con el mito del gallego como lengua cortesana de entonces. Lean lo que dice al respecto Henrique Monteagudo en su Historia social da lingua galega: “Afonso X xugou un papel clave non só no impulso á definitiva consagración do castelán como lingua oficial de su Chancelería, senón no seu adestramento e cultivo como lingua de cultura”.
Algo esperable, por otra parte. La corte del Rey Sabio se hallaba ya en el sur, muy influenciada por mozárabes y judíos, mientras el reino de Galicia, tras la malhadada escisión portuguesa, quedaba aislado en el norte. Monteagudo nos aporta, además, un dato esencial: Alfonso X deja en 1252 de comunicarse en latín con las tierras santiaguesas para hacerlo directamente en castellano. El gallego lo reserva casi únicamente para la lírica. No creo injusto, entonces, situar aquí el inicio de la diglosia.
Las palabras ofensivas son tres: analfabetismo, invención y extravagancia. Los críticos no han rebatido la idea de que la conservación del gallego se deba al aislamiento de Galicia y a su analfabetismo. Pero, según parece, era imprescindible para el honor patrio recordar que también el resto de España ha sufrido de analfabetismo endémico.
Ocurre, sin embargo, que nunca he sentido complejo alguno por ser gallego. Por eso, mi ego regional/nacional (escoja el lector el adjetivo) no precisa de recordar los males generales para disculpar los propios.
También protestan que yo afirme que los normativizadores han inventado palabras. Simplemente, me limito a explicar que el gallego, excluido por siglos de usos científicos y administrativos, ha creado un léxico culto (y algo artificioso) para emplear en documentos oficiales y libros de texto. Que, en consecuencia, orzamento, Ucraína, arquipélago, estatística han aparecido de súbito en nuestras vidas. Es lícito argüir que tal invención era necesaria, y que otras lenguas han seguido el mismo proceso. Es ridículo, empero, ofenderse por que alguien recuerde un hecho tan conocido.
Un reto
Otros se han escandalizado, cual beatas de antaño, por mi caracterización de la mal llamada normalización como extravagancia. Ante esto, mi respuesta es simple: les reto a que encuentren en países como el nuestro (y en los que no son como el nuestro) políticas similares. En muchos, han surgido movimientos culturales parecidos.
Sólo en España esos movimientos son política de Estado. La más alta política de Estado, a la que se subordinan los demás aspectos de la cosa pública. En Bretaña, en Miranda do Douro, en Escocia, la administración no intenta arrinconar francés, portugués e inglés con el fin de recuperar bretón, mirandés y gaélico. Aquí se nos explica que es lo “normal”.
Muy ingenuo, muy iluso hay que ser para creer que esta política surge del deseo de defender nuestra identidad. Argentinos e irlandeses mantienen la suya sin necesidad de lenguas “propias”.
La normalización responde a otra cosa, responde a una poco Santa Alianza entre políticos autonómicos e intelectuales cortesanos para ampliar sus ya excesivas cuotas de poder y presupuesto. Su discurso nacionalista, reliquia del siglo XIX, no pasa de ser una racionalización para forzar nuestro ingreso en el rebaño tribal y nuestro vasallaje a la casta política.
Los demás tenemos que aguantarlo. Liberados, por fin, de la necesidad de ser “españoles de bien”, ahora nos cae la obligación de “vivir como gallegos”. ¡Qué fatiga, qué tedio! ¡Qué antiguo!
