Los espectadores del ‘show de Andréu’ han tenido la posibilidad de ver hace unos días a dos gallegos en acción en plena medianoche. Uno de ellos estaba dispuesto a entrar en el juego del programa, como quien va a casa ajena, con la firme decisión de respetar las reglas de ese hogar. El otro llegó con la firme disposición de montar su propio ‘show’ a base de ofensas y mofas hacia su eterno enemigo, el Partido Popular.
A estas alturas del folletín ya se intuye quienes fueron los protagonistas: Alberto Núñez Feijóo y Pepe Blanco. Ambos acudieron al programa de Buenafuente, no juntos, claro, por separado, y se sometieron a una de las variopintas entrevistas que el presentador realiza en el propio plató, con público real, no de esos que se apostan en los mítines, detrás del candidato, aplaudiendo cualquier cosa que diga su líder.
Los políticos gallegos estuvieron bien, cada uno a su estilo. Feijóo se mostró educado, un pelín nervioso y quizá hasta gratamente sorprendido por el ritmo del programa, bastante diferente a esos debates tediosos a los que nos tienen acostumbrados la clase política. También estuvo gracioso y a medida que pasaban los minutos casi hasta deban ganas de invitarle a una caña a la salida del ‘show’, o mejor que invite él, que gana más. Algo fuera de su hábitat, resolvió bien los leves envites de Buenafuente que pareció hasta sentirse también sorprendido.
Pepe Blanco, ‘Pepiño’ para los amigos, acudió al programa un día después de Feijóo. Pero no por ser segundo pasó desapercibido, ni mucho menos. De hecho, fue más “cañero”, en lo que a la dialéctica política se refiere. No perdió ocasión para acordarse de sus rivales y hacer campaña de acoso y derribo. Causó cierta gracia entre los allí presentes y tratándose de un programa de humor, se ganó el pan aquella noche.
Pero lejos de cualquier juicio político, lo que más merece la pena decir es que se agradece ver a políticos apostados en sofás ajenos, resolviendo la encrucijada de vérselas en una franja horaria y en un tipo de programa radicalmente opuesto a sus, cada día menos creibles, programas electorales.

