Lo que pasó en el vuelo Río de Janeiro-París para que el Airbus A330 se desplomara con 228 personas a bordo sigue siendo un misterio. Un mes después de la catástrofe, la principal novedad que ha arrojado la investigación se refiere a la forma en que se produjo el accidente. “El avión no fue destruido en vuelo”, concluye Alain Bouillard, director del primer informe de la Oficina de Investigación y Análisis, presentado ayer en el aeropuerto de Le Bourget.
Se descarta así la tesis del desmembramiento del aparato antes de estrellarse en medio del Atlántico, como sostenían algunos expertos. No se han registrado indicios de descarga eléctrica a causa de un rayo, tampoco de una explosión ni de la presencia de fuego en el avión. El A330 de Air France se rompió al impactar contra las aguas en la línea de vuelo (la parte baja del aparato) a una fuerte “velocidad vertical”.
Bouillard se basa, entre otros elementos, en la forma en que quedó arrancada la deriva del avión, que denota un movimiento de atrás hacia delante. El pasaje no había sido preparado para amerizar. Los chalecos salvavidas se encontraban doblados. Bouillard admitió carecer de datos sobre las autopsias de los cadáveres, que se realizan en Brasil y deben establecer si las víctimas murieron antes o después del impacto.
Hay pues más incógnitas que certezas. Los fallos de las sondas de velocidad solo permiten deducir que constituyen “un elemento, pero no la causa del accidente”.
El análisis de los 24 mensajes enviados por el aparato entre las 2.10 y las 2.14 de la madrugada indica que se produjo una «incoherencia en las velocidades» que conlleva la desconexión instantánea del piloto automático. Sin embargo, esta constatación está “lejos” de resolver el enigma sobre el origen del siniestro.La investigación constata dificultades para contactar con la torre de control de Dakar. El accidente se produjo en una zona negra entre Brasil y la costa africana. A las 2.10 hubo un último intento de contactar con Dakar.
Los aviones que realizaron la misma ruta minutos después tuvieron los mismos problemas de comunicación. Los tres vuelos posteriores realizaron rodeos –de entre 20 y 150 kilómetros– para evitar una espesa concentración nubosa, habitual en este punto del Ecuador.
El avión siniestrado no había desviado su ruta. Otro aspecto inexplicado es el tiempo transcurrido entre la ausencia de contacto y la alarma desencadenada por los centros de control de Madrid y Brest, entre las ocho y las 8.30.
Una demora que pudo retrasar entre dos y tres horas el inicio de la búsqueda. Aunque es posible que las cajas negras hayan dejado de emitir señales, pues tienen un mes de vida, Francia aún mantiene el dispositivo para encontrarlas.
