El Festival de Cine Fantastico de Catalunya, cuya 42ª edición terminó el pasado domingo, es mucho más que lo que desde una visión aérea, foránea, puede imaginarse. Esto es, bajo la espuma que aflora en los mass media, la de los desfiles de zombis y el cine de casquería, hace ya años que el equipo que dirige Ángel Sala trabaja en una ampliación de horizontes, en un asentamiento más generoso y creativamente reconfortante. Es mérito que esta profundización se haga sin cabrear al sector de seguidores de la “línea dura” del festival, para entendernos, la fangoria del cine de vísceras, de lo superficialmente extremo.
Con una estructura de festival contenedor cuyas secciones rompen las costuras de los escasos espacios de exhibición con que cuentan –el Auditori y las añejas salas del pueblo, el Retiro y el Prado–, Sitges 2009 no deja de ser fiel a sus líneas maestras desde que Sala lo dirige: una programación hiperbólica pero nutricia, una rebaja, año a año, de la cuota del más obvio cine “de género”, y una disputa abierta con San Sebastián, Sevilla, Valladolid o Gijón por los títulos estelares de la temporada, los del palmarés de Cannes o Venecia, por ejemplo.
Y es que, para quien no haya pisado Cannes, Sitges ofrecía este año algunos filmes de los que mayor controversia generaron allí, caso de Thirst, el cine vampírico según el coreano Park Chan wook, de Enter the void, de Gaspar Noé, o de Kinatay, mejor director en Cannes para el filipino Brillante Mendoza, cuya adscripción al “fantastique” no entraría ni con calzador –sí, acaso, cabría situarlo en el cine de terror hiperrealista, minimal y de línea narrativa dura–.
Curiosamente, estas tres cintas procedentes de Cannes, todas ellas cine altamente estimulante, se comieron buena parte del palmarés: premio especial del jurado y mejor fotografia para Enter the void; mejor banda sonora y director para Kinatay; y mejor actriz, Kim Ok-vin, por Thirst, ex aequo con Elena Anaya por la poco convincente Hierro. O sea, que la tríada de filmes de Cannes se llevó justo lo que dejó libre la vencedora absoluta del festival, la sobrevalorada Moon, ya estrenada en salas, opera prima del vástago de David Bowie, Duncan Jones, interesante pero finalmente naïf film de naves espaciales más o menos silenciosas interpretado con aptitud por un Sam Rockwell también premiado, clonado aquí casi tanto como Michael Keaton en Mis dobles, mi mujer y yo.
FUERA DE PALMARÉS
La vida en la cosecha fílmica de Sitges, fuera de los filmes premiados, fue profusa. Aunque, en muchos casos, habría que hablar de la no-vida. Sería motivo de otro artículo glosar la fijación que comienza a extenderse en tantos cineastas por reflejar el fin del mundo, la competición por el panorama del futuro inmediato más apocalíptico.
Así, el filme de clausura, The road, adaptación desigual y sin embargo poderosa de la novela homónima de Cormac McCarthy, con Viggo Mortensen, como emperador del planeta frío, ya celebrado en Venecia, y con apariciones breves y cortantes de Robert Duvall y Charlize Theron; Carriers, el planeta infectado de los catalanes hermanos Pastor en Hollywood; eso más la magnética marcianada de otros hermanos, los Larrieu, en Les derniers jours du monde, tal vez la mejor película de Sitges 2009, con un inapagable Mathieu Amalric delirando entre cóndores y top-models. A eso súmenle las películas con zombi –la exitosa humorada Zombieland, lo último del tirofijista George Romero, Survival of the dead, o los muertos vivientes franceses de La horda o españoles de Rec 2–, y tendrán un buen catálogo sobre el fin de los tiempos.
No todo es de esa enjundia: Sitges nos reservó un par de notables comedias agridulces, las norteamericanas Timer y Cold souls, ésta con Paul Giamatti haciendo de Woody Allen. Y una falsa comedia de trasfondo tremebundo, la griega Kynodontas, ganadora de “Un certain regard” en Cannes y que será plato fuerte en Compostela en Cineuropa 2009.
Para sumar a la lista de lo que no deben perderse, algun gran guiñol de terror de próximo estreno, casos de Orphan, con otro catalán, Jaume Collet-Serra, al servicio de una major, o de la brillantez alienígena de Splice, firmada por Vincenzo Natali. Y para que entiendan en qué medida este festival es heterogéneo, Sitges puede dejar espacio, entre tanta sesión de apocalipisis o de muertos redivivos, para una visita a delicatessen como el Visage de Tsai Ming-liang –alucinación con Laetitia Casta, Fanny Ardant, Jean Pierre Leaud o Miche Piccoli dentro– o para el rescate del penúltimo Coppola y sus emotivos viajeros del tiempo de Youth without youth.

