Picasso mira desde la ventana. Por la puerta entreabierta se escurren unas evocadoras notas de jazz. Dentro, un tipo grande, entre lo bonachón y mordaz, espera detrás de una imponente barra para servirte una copa de las que dignifican el oficio de camarero. En las paredes cuelga la obra de una promesa local. Hoy son fotografías No es París. Es A Coruña, rúa do Sol, y la estampa se repite cada noche desde hace 24 años. Solo ha cambiado la música. Sigue siendo excelente, pero ahora la exclusividad la tiene el jazz. “Hasta hace año y medio pinchaba mucho rock, mucho pop pero se me hincharon las orejas y ahora solo pongo jazz. Es una apuesta arriesgada, pero a ciertas edades es bueno dormir bien aunque no sea en camas separadas”.
Juan Flores, nombre que acaban de descubrir amigos y clientes porque se presenta como Cano, es el dueño de un garito que rezuma personalidad. Situado en el bullicioso Orzán, que ya no es lo que era hace 25 años, el Picasso es un local para ver, escuchar y hablar. Ver, porque cada mes un prometedor artista cuelga de las paredes su obra. El Picasso fue la primera galería de artistas como Vari Caramés, Peteiro, Cabanas... en un momento en el que la sociedad estaba a dieta de espíritu y arte. “Ya no sé si traer obra de casa. Hace un tiempo puse un anuncio en la Escuela de Artes y Oficios –curiosamente se llama Pablo Picasso– y casi tengo que ir a buscarlos a casa”, comenta con cierta decepción Cano mientras describe los duelos a brochazos que antes se celebraran para exponer en este garito con solera. Para escuchar, a Cano. “Este tío tiene que poner una ambulancia en nómina”, sentencia de un vecino que más que un bar ha montado un bingo de tortas para la rapazada. Y para hablar, con cualquiera, porque la clientela sabe escuchar.
El Picasso cambió el rumbo de la marcha coruñesa, ahora es el refugio de los que vivieron el viraje y una caja de sorpresas. Picasso mira desde la ventana al que pasa por la acera. Es la divisa de un local que se llamó así por accidente. Cano, su hermana Elisa y Ricardo (socio que falleció) decidieron montar un garito en el que los artistas locales pudiesen exponer sus obras. Pensaban llamarle La Obra, pero un amigo publicista, lo bautizó Picasso. Luego, en época de reformas, un día el fotógrafo Vari Caramés llegó con una fotografía del tamaño de la ventana de Pablo Picasso. Retiró los periódicos que precintaban de curiosos otro tipo de obras, y apoyó las manos del artista en la ventana. Lleva así desde 1990, propinando grandes sustos al caminante despistado.
Si el peatón despistado entra en el Picasso, queda atrapado para siempre, como quedó Al Goodman, corresponsal del New York Times en España que escribió una reseña en el International Herald Tribune. “Pocos garitos pueden decir que han mojado en el IHT”, comenta con orgullo Cano. En el artículo publicado en 1998 bajo el título de Bebiendo con Picasso el periodista se derrite como los hielos de las copas ante “un agradable bar de España que no pierde al artista de vista”. No se dio cuenta de que es Picasso el que mira y no nos pierde de vista.

