El mar impone el pulso a Baiona con un vínculo histórico y romántico... pero también, rotundo y primitivo. E ineludible. Al menos hasta hace unos años, porque desde fin de siglo pasado ya no está tan claro que la pesca de altura sea la principal dedicación de la villa, ni que la convivencia y el respeto mutuo entre ambos mundos vaya a continuar. Nuevos tiempos para nuevos fenómenos. Y viceversa. Los jóvenes de Baiona y su entorno ya no quieren hacerse a la mar. El oficio que tanto sudor y lágrimas costó instaurar en la zona y el prestigio nacional e internacional que consiguieron los pescadores gallegos a base de esfuerzo y sacrificio no van a tener relevo.
Paradójicamente, el testigo lo recogen otros pueblos, que como el gallego en su día, se han convertido en emigrantes por obligación. En las tripulaciones actuales abanderadas por pabellón estatal conviven, junto con los gallegos y vascos, multitud de africanos, indonesios y filipinos. “Es lógico”, comentan irónicamente los veteranos marineros en el casco viejo de Baiona. “Nadie quiere hacerse ya a la mar”, añaden. “Los que pueden, se jubilan; algún afortunado cambia de tipo de pesca o de trabajo y los jóvenes, esto ni verlo, a no ser que no quede más remedio, como los que tienen que aguantar unos años más”, dicen.
Así de rotundo es Ángel Blach, primo de Ricardo Blach, el patrón del Alakrana, un barco omnipresente como tema de referencia en Baiona. Ángel es el más veterano de los que se reúnen en el Oliver, uno de los centros neurálgicos de la población donde casi a diario se puede encontrar una multitud de pescadores de altura retirados. De varios caladeros, no solo del polémico Índico, sino también del Atlántico, que fue explotado hace unos años.
“la pesca de altura está mal pagada”
Él lo tiene bien claro: “La pesca de altura es un oficio duro, mal pagado y que está desapareciendo. Encima con lo que está ocurriendo desde hace unos años con lo de los piratas, la cosa se pone aún peor”. El antiguo pescador cuenta que hace tiempo le preguntó a su hijo si quería trabajar con él al mar. “Me dijo que ni hablar, que fuera yo”, recuerda resignado una anécdota que se repite en la vida de sus compañeros de confidencias, bar y profesión.
Preocupación
El padecimiento no es exclusivo de los que trabajan en ultra mar. A sus preocupación se suma sobre todo la de sus parientes que, como se encarga de recordar Teresa Blach, otro miembro de la familia que mantiene viva la tradición. “Aquí se pasa mal en todas partes, ellos en alta mar y nosotros sufriendo en casa por lo que pueda ocurrir”, explica y continua: “Además ahora es más grave, no solo por el peligro de la mar, también porque puedan secuestrarlos”.
En el puerto de Baiona está Ignacio López, retirado también hace unos años del Índico. Comenzó ayudando a su padre a los nueve años en el muelle y a los quince empezó a salir a faenar hasta que se jubiló. “Hace años todos en Baiona éramos carne de cañón del mar”, afirma y si nada lo remedia, Baiona dejará de ser una villa típicamente marinera y pescadora, al menos de altura. Escéptico sobre lo que pueda hacerse desde los sillones de Madrid o Europa, López asegura que ya en los últimos años, no iban al Índico “por miedo” y que en la actualidad esta profesión sólo se ejerce “si no queda más remedio”.
