En los años 60, en el Patachim no dejaron entrar a Manuel Fraga Iribarne cuando era ministro de Información y Turismo del régimen franquista. En los 90, la policía hizo guardia en la puerta durante varias horas porque se proyectaba un documental del periodista Pepe Rei, que simpatizaba con la izquierda independentista vasca. Eran tiempos en los que en el Pata atronaba el folkie y el punk-radical. Ahora la música indie hace que la clientela se suba a las mesas y a la barra para bailar cuando Juanjo, el pincha, le da otra vuelta a la noche.
El Patachim es una experiencia sociológica por muchas razones. Hasta han acuñado la Generación Pata. En la pátina de sus paredes de cantería se han desnucado las corrientes vitales de los últimos 40 años. Pero hay algo que no cambia. Rubem Centeno, el dueño, sigue estando ahí. Y a Manuel Fraga tampoco hoy lo dejarían entrar.
Rubem no principió con el garito porque no se lo permite la edad. Podría parecerlo porque supo continuar con el espíritu contestatario de Carlos Moya, un escultor catalán que se afincó en A Coruña en los años 60. Eran tiempos de rebeldía y en la Taberna Bohème, como se llamaba, cada noche se citaba todo aquél que estaba cansado de correr delante de los grises y de vivir en gris.
Los esconxuros da queimada eran celebrados por la contracultura y por los guiris que se buscaban una ventana para poder respirar. Y como Manuel Fraga era ministro de Información y Turismo, durante una visita a la ciudad le llegó el runrún y quiso probar el delicioso espiritoso. Cazaba dos piezas de una tacada. Conseguía ver de primera mano cómo bebía y vivía gente que no pensaba como el régimen y aprovechaba para agasajar a los turistas con su presencia. Pero al llegar a la taberna se encontró con las puertas cerradas.
De la Taberna Bohème perdura un mural de Antonio García Patiño, las paredes de granito y la rebeldía. Carlos Moya tenía el taller de escultura al lado de la taberna. Rubem Centeno estudiaba Sociología a un pitillo de distancia cuando en 1996 decidió apandar con el traspaso de la viuda de Moya, todo un personaje, para sacarse unas pelas y marcharse a patear el mundo, cansado de patear delante de la policía por sus firmes convicciones anti militares.
“E aquí me tes”, dice Rubem. Con Rubem la noche se encendió en Monte Alto. “Empezou a parar xente de Socioloxía, xente que seguía o rollo antimilitarista. O Pata foi pioneiro da movida alternativa de Monte Alto”. La vida cultural de uno de los barrios coruñeses con más pedigrí creció con el Pata. Contra la dictadura estaba la Taberna Bohème. Contra la homogeneidad de la movida del Orzán, el Patachim, aunque todo el mundo utiliza el hipocorístico.
Patachim es un pájaro de río. Y el Pata es un garito de nidos, de escondites, con varias salitas para vivir del humo, porque humano también puede venir de humo. Ahora en la puerta ya no hay policías ni maderos. Los revolucionarios mueren a los veinte años aunque no mueran, como decían en la película de Luiggi Magni En el nombre del Papa Rey. Buscando entre sus rendijas uno puede encontrarse al músico Xoel, a la escritora Yolanda Castaño y a un porrón de gente del audiovisual. Es la Generación Pata. También estará Rubem. No cuenten con Manuel Fraga.
Patachim
Orillamar, 16
A CORUÑA

