Por su coche los conoceréis. Hace algunos años, cuando la publicidad aún no había hecho de los todoterreno un icono engañoso de libertad, poder y relevancia social, un estudio psicológico realizado en Inglaterra revelaba que el usuario urbano de este tipo de vehículos solía ser una persona arrogante, cuando no rebasaba los limites admisibles de la soberbia, exhibicionista, agresiva y con diversos complejos de inferioridad que trataba de ocultar exhibiendo un coche de mayor volumen de lo que sería razonable para un uso doméstico.
El papanatismo y probablemente los trastornos psicológicos que afectan cada vez más a esta nuestra sociedad imbecilizada han hecho que proliferen en la inmensa mayoría de los casos sin necesidad alguna vehículos todoterreno y monovolúmenes de gran cilindrada.
En el año 2007, en vísperas de la crisis galopante que se nos ha echado encima, el número de todoterreno vendidos había crecido casi un 26% con respecto al año anterior. Un informe reciente revela que cerca de un ochenta por ciento de los llamados 4x4 más vendidos superan los 400 gramos de emisión de CO2 por kilómetro, sin contar otras partículas igualmente contaminantes que desprenden con profusión estos motores, en su mayor parte diesel, de gran potencia.
Algunos países europeos se plantean poner coto a la circulación de estos vehículos de elevado consumo, molestos y peligrosos en las ciudades por su excesivo volumen, por representar un mayor peligro para los peatones en caso de atropello y por el deterioro que causan en las calzadas.
Francia propone elevar considerablemente los impuestos a este tipo de vehículos restringiendo su entrada a las ciudades, como ya se ha hecho en París, o prohibiéndoles totalmente el acceso a ciudades y villas históricas. La guerra contra los todoterreno está servida. Ecologistas en Acción presentó el informe 4x4 Planeta, que supone el inicio de una cruzada contra tan ostentosos como innecesarios medios de transporte.
La exageración exhibicionista y la macarrada son propensiones estrechamente emparentadas, muy españolas ambas. Comprar un todoterreno para andar por carretera dice mucho del grado de cordura de quien lo pilota. Yo sostengo que al volante de un todoterreno viaja un destroyer en potencia, una persona que denota escaso respeto por el medio ambiente, por aquellos que conducen vehículos tradicionales más discretos y, aunque a veces él no lo sepa, por sí mismo. Pues, está comprobado, estos voluminosos automóviles vuelcan con mayor facilidad, al tener el centro de gravedad más elevado, y se agarran menos al asfalto que un turismo, por el tipo de neumáticos mixtos que calzan, adaptados a otras superficies. En caso de accidente, la probabilidad de morir de los ocupantes de un todoterreno también es mayor que la que se produce en un turismo. Las estadísticas así lo demuestran.
De igual modo que se restringe y se veta el paso de transportes pesados por los cascos urbanos, se debiera limitar, y prohibir en muchos casos, el uso de estos vehículos dañosos, no permitir que entren en los aparcamientos públicos de las ciudades, donde el espacio es escaso y un vehículo tan aparatoso suele dañar, en las maniobras de aparcamiento, a otros vehículos ya estacionados. En ciudades históricas como Santiago su circulación debiera estar absolutamente prohibida.
Para quien tiene capacidad de adquirir un todoterreno, gravarle con mayores impuestos tiene un efecto escasamente disuasorio. Hay que ir más allá. Hay que ponerlos en evidencia, impedirles la entrada en las ciudades y la circulación por autopista, limitarles todavía más la velocidad en carretera, en una palabra, hacerles la circulación imposible.
Las políticas de medioambiente han de ser coherentes. No se puede llamar a la ciudadanía a cuidar y respetar el medio natural en tanto se permite que las máquinas más contaminantes circulen con total impunidad. Ahora que, a pesar de la negativa del gobierno en reconocerlo, la crisis económica llama a cada una de nuestras puertas, una medida razonable sería que estos vehículos de mayor consumo y altamente contaminantes desaparezcan de nuestras ciudades y carreteras, siendo como son totalmente innecesarios y excesivos para el servicio que prestan.