Ni con cuatro ministros gallegos, oye, conseguimos practicar la estrategia de “el caballo de Troya” tras las inexpugnables murallas de La Moncloa. Pocas comunidades autónomas han disfrutado de tantos paisanos en los Consejos de Ministros, y a ninguna se le queda más cara de idiota que a mi tierra, miradla, contemplando cómo hasta cuatro de los nuestros se lavan las manos mientras su patria chica natal se dispone a iniciar la subida a un nuevo calvario de financiación autonómica. Con un agravante añadido, que debe herir la sensibilidad del respetable público galaico: que esta vez, en esta Ilíada, creíamos que Elena iba a caer rendida en los brazos de Feijóo, como la genuina Helena acabó reinando como consorte de Menelao. Pero, chico, esto lleva camino de convertirse en otra Odisea, el presidente de la Xunta en otro Ulises y Elena Salgado en una nueva Penélope, destejiendo por las noches lo que Manuel Chaves va tejiendo de día en su peregrinación por la geografía española.
La dichosa financiación autonómica se ha convertido, pues, en otro velo camino de la leyenda en la Itaca en la que habita Elena Salgado. Primero pasa Manuel Chaves contando cuentos que permiten soñar a los presidentes autonómicos económica y políticamente débiles, y después aparece la vicepresidenta segunda con las cuentas presupuestarias, con las cuentas electorales, con acotaciones personales de ZP, y los sueños se convierten en pesadillas.
Mira que nos lo tienen dicho: el hombre y la mujer no son de donde nacen, sino de donde pacen. Y Elena Salgado debe pensar, como in illo tempore Machado, que al cabo nada nos debe, a su trabajo acude, con el dinero de todos los españoles paga el traje que le cubre, el despacho que habita, el pan que alimenta su ego tecnócrata, el lecho donde yacen sus delirios de grandeza. Ya ha ejercido de candidata cunera, ya vota teóricamente por Cantabria, parece que se para a distinguir las voces de los ecos de diecisiete Españas, pero en realidad escucha solamente entre las voces una. Esa voz de Zapatero, escuchadla, que ha adquirido un peligroso acento catalán, como la voz de Aznar adquirió, en cierta ocasión, un desastroso acento tejano. La guerra de la financiación, como aquella vez la guerra de Irak, está servida, señores.