Quizá el subconsciente me haya traído un dicho portugués, al hilo del recién conocido Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), que no tiene desperdicio: “Quando o rio sona…é porque se afogou uma orquestra”. Pero Doña Elena ha declarado por activa y por pasiva que nuestro sistema financiero es solvente y robusto, aunque una parte del mismo está aquejado de “sobrecapacidad”. Si vamos al diccionario veremos que tales palabras son -al menos en parte- un puro eufemismo, puesto que al hablar así, la nacida en Ourense no hace otra cosa que manifestar suave y decorosamente alguna idea “cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Y ya sabemos que con la banca hemos topado, instrumento imprescindible para el funcionamiento de la economía y a quien la discreción le conviene más que los glóbulos rojos a un anémico. Pero la necesidad de financiación está tan incrustada en el mecanismo económico que se convierte en uno de los elementos más sensibles del sistema, por lo que cualquier cosa que se salga del guión preconcebido, desata todas las alarmas. Nada se teme más en este terreno que la desconfianza, por lo que nadie quiere ver colas de ciudadanos reclamando en las ventanillas de las oficinas bancarias, presos del temor a que sus ahorros se hayan evaporado.
Así las cosas, sería faltar a la verdad no constatar que las entidades de crédito españolas, en grado diverso, han resultado con daños colaterales de la refriega inmobiliaria, deteriorándose una cierta proporción de sus activos. Y esta circunstancia parece ser relevante en las instituciones de tamaño mediano o pequeño, más vulnerables al aumento de la morosidad y a la crisis en general. España ya poseía mecanismos de ayuda y salvamento que proceden de situaciones difíciles ya vividas, como los tres Fondos de Garantía de Depósitos, a los que se viene a sumar el antes citado FROB, cuya finalidad explícita es apoyar los inevitables procesos de reestructuración, una vez que están descartadas las quiebras, por más que el dinero público –que no es gratis-, introduzca un factor de competencia desleal en el negocio. Se trata de una herramienta pensada para lo que ahora se llama crisis sistémica, es decir, cuando la orquesta o ya se cayó o está en trance de precipitarse al río.
Un aspecto interesante de la hipotética dinámica de “rescate” es el que se refiere a las Cajas de Ahorros, para las que, digámoslo claro, se ha diseñado este invento. Si una Caja recibe la ayuda del FROB, lo hará a cambio de cuotas participativas, con el derecho político de representación pública en la Asamblea General, aunque posteriormente, una vez saneada la entidad, esos derechos se extinguen. Decimos esto porque en las Cajas es muy importante el control de la Asamblea, como bien saben sus directores ejecutivos, y tanto más cuando el camino va a ser el de las fusiones. Es éste uno de los aspectos que centran la polémica acerca del carácter peculiar de las Cajas y que poco tiene que ver con el funcionamiento de mercado en el caso de los bancos.
Esperar y ver, eso toca ahora. La sociedad, sin embargo, debe estar atenta a la posible continuidad de los equipos directivos, ya que las entidades financieras en peligro no sólo deben contribuir a financiar su salvamento, sino que habrán de ser renovadas en sus cúpulas. Esta actitud es imprescindible para ahorrar costes al contribuyente y disuadir a los malos gestores. Y por último, debería abrirse un debate serio sobre las posibles fusiones entre Cajas de Comunidades Autónomas distintas. Cualquiera sabe que, desde el punto de vista técnico, la prohibición no tiene un pase, pero en el mundo de la política hay razones que la cabeza puede no comprender.