Les voy a hablar de cómo una historia apacible, a ratos amable, la de la 57 edición del Festival de Cine de San Sebastián, la llamada edición “de la crisis”, termina, allá en el trasfondo del gremio de la crítica, como un cuento de terror. La edición del día diez menos uno, recortada en aras del ajuste de presupuesto. La de cierto “buen rollo” en ese palmarés de premios que otorga valores interpretativos a lo que es mera incitación al ternurismo (hablo de Yo, también).
La película no gustó a nadie entre la crítica especializada. Bueno, miento. Emocionó hasta la hipérbole al crítico del diario El País. Un comentarista cinematográfico que, paradójicamente, simultaneaba esa eclosión de sensibilidad que casi le llevaba a la lágrima al hablar de Pineda, protagonista down de Yo, también con la mala fe de un artículo de cierre del festival en el cual ejercitaba otra de esas vomitonas abiertamente reaccionarias que erizan, con razón, la sensibilidad más resistente.
A estas alturas de la película, creo que la mayoría de ustedes sabrán que el desembarco de este comentarista en el grupo Prisa, procedente de El Mundo, se vendió como un fichaje “galáctico”. Y lo cierto es que la forma en que prodiga en sus artículos un resentimiento que quiere ser provocación pero se queda en descalificaciones con argumentos ad hominem, boutades de aprendiz de señorito –incubadas, seguro, en el pedrojotismo– y ninguneos genéricos parecen vicios que solo consentiría el Florentino de la hecatombe galáctica del fin de su primera etapa.
El hecho es que su afán de protagonismo –Boyero, Carlos Boyero se llama el comentarista, El Hombre del Saco, no lo había dicho– no pareció verse colmado cuando una serie de profesionales del cine tan acreditados como Jose Luis Guerín o Víctor Erice se sintieron en la obligación de realizar una reflexión, en una carta abierta dirigida al diario que acoge a este hombre, en torno a lo que es la delicada función del crítico de cine. Y sobre los peligros de otorgar carta blanca a quien no ejerce la crítica, sino el vituperio inopinado e indocumentado. Carta blanca para que arremeta, por ejemplo, contra el cine español en su conjunto, así, sin matices ni milongas.
Aquella carta, aquel ya legendario “manifiesto de los cien”, se públicó pocos días antes de la edición del Festival de San Sebastián del pasado año. Y provocó que en las páginas del diario madrileño en el que publica, Boyero dedicara sus textos, en esas fechas, no a lo que sucedía en el decurso del festival, sino a la autodefensa en forma de enroque megalómano e ido de olla, y al florido ajuste de cuentas con algunos de quienes manifestaban su rechazo al boyerismo como ejemplo de lo que nunca debe de ser ni la crítica razonada ni el periodismo cultural –y digo esto precisamente en la semana en que otro profesional del mismo periodico, Jacinto Antón, acaba de recibir un merecido premio precisamente por entender la cultura como elemento de contraste pero también de rigor y de humanización. No como poltrona para el embrutecimiento–.
Aquella situación que les cuento desembocó, durante el festival de ese septiembre de 2008 en una espiral de tensiones de sobras conocida por la profesión periodística relacionada con el cine, pero no sé si contada alguna vez al “público”. Peligró, por su propia incontinencia, hasta la integridad física del citado Carlos Boyero, en una noche de copas en la cual un actor peculiar, el orondo Sancho Panza de la película de Albert Serra, estuvo a punto de demoler literalmente a quien, lo único que tenía de “hombre tranquilo” era el grado etílico que le acompañaba y que le salvó casi in artículo mortis de la quema.
Les cuento que, tal vez deseoso de recuperar protagonismo, el día postrero del festival de San Sebastián finalizado hace una semana, el comentarista se prodigó con una crónica-improperio en la cual asimilaba a aquellos críticos “a los que interesaba el cine chino” con los profesionales mal pagados (sic). Y, seguía el comentarista argumentando que él, “bien pagado”, no participaba de esos rollos. Una descalificación de compañeros de trabajo en función de su condición salarial. ¿Podríamos calificar esto, por no decir algo más feo, de valoración antidemocrática?
Completaban el exordio opiniones tan sesudas como la de la descalificación global del cine francés, como antes del chino y de sus seguidores, y, finalmente, cómo no, de “casi todo” el cine español.
El cuento de terror con Carlos Boyero como mandarín de la bilis ofrecía algún ribete aún más siniestro: un intento de “caza del hombre”, con nombre y apellido del destinatario de sus fobias entre paréntesis, una persona de prestigio incontestable en el mundo de la creación cinematográfica, aquí y fuera de nuestra fronteras, y de su conservación. Simplemente por considerarlo “viajero”. Qué rigor. En realidad, por caerle mal, por no bailarle el agua. O por defender ese cine que Boyero ha decidido que no puede gustar: el de Guerin, Erice, Serra, el de quienes tampoco le hacen el rendez vous.
Èsta es una historia sobre el estado de la crítica en el cine español enturbiada por un hombre lleno de ira y de furia. Y de más sustancias. Por un comentarista que parece querer ejercer sin conocer los “límites de control”, por referirnos al Jim Jarmusch al que también denosta. De un killer, de un samorái de Salamanca que, cada día más, se va asemejando a un Jiménez Losantos del embrutecimiento de la crítica de cine devenida carnaza, tómbola.
Boyero: por seguir con Shakespeare, “cada uno es esclavo de sus anclados complejos”.