El ‘caso Gürtel’ no sólo deja al desnudo las vergüenzas del Partido Popular (el PP queda “in puribus naturalibus”, que decían los romanos), sino que carga la pistola de los siempre dispuestos a apretar el gatillo contra la democracia. El ‘caso Gürtel’, epidemia que se extiende como la sarna por la piel del PP, muestra todas las características propias de la corrupción política, como modalidad sofisticada de la delincuencia. Se observan en esta repugnante trama elementos abundantes de clandestinidad y oscurantismo, sinvergüencería, uso obsceno y abusivo del poder, tráfico de influencias, encubrimientos con sus consiguientes complicidades, e inmunidades derivadas del cargo público, que entorpecen la búsqueda de pruebas y la imputación de delitos.
A diferencia de la delincuencia común, que tiene su horma en el código penal, la corrupción política es capaz de sortear las reglas del derecho, gracias a la sofisticación de sus métodos (muy burdos en este caso), por lo general refinados y sutiles, difíciles de detectar en el complejo entramado de la acción política. El descubrimiento de tramas corruptas como el ‘caso Gürtel’ crea desasosiego e indignación en la sociedad, sobre todo en momentos como los que estamos viviendo, de vacas flacas, cuando el que más o el que menos ha de apretarse el cinturón para salir adelante.
Pensar que hay instituciones políticas e individuos elegidos democráticamente que se aprovechan de la buena fe del pueblo, para enriquecerse, para mercadear con influencias, para montar sus negocios sucios, resulta indignante, un grave insulto. Es algo que ataca la fibra más sensible de los demócratas. ¡Menuda tropa nos gobierna!, pesamos. Porque también la oposición es Gobierno en la tarea que le corresponde de control del Ejecutivo.
En una democracia, el político, por la soberanía y confianza de que es depositario, no sólo ha de respetar la norma jurídica, como todo ciudadano. Ha de ir mucho más allá. Tiene obligación de mostrar una conducta cívica y moral ejemplar, que sirva de pauta a toda la sociedad. Por eso, el delito es mucho más grave y escandaloso en un hombre público que en un ciudadano de a pie.
Resulta preocupante la táctica corporativista que ha venido empleando el PP estos últimos meses para intentar tapar el goteo de informaciones sobre la trama corrupta. Una táctica impropia de un partido con vocación y, según las encuestas, con muchas posibilidades de gobernar. Esa actitud de jugar al despiste, al aquí no pasa nada, resta toda credibilidad a la posible alternativa, y ataca de lleno la sensibilidad democrática de la ciudadanía. La sociedad no sólo exige legalidad en las actuaciones políticas, sino una intachable conducta moral. En un sistema democrático, ser un “chorizo” público es mucho más grave y debe merecer mayor castigo que ser un “chorizo” privado. Para los implicados en el ‘caso Gürtel’ y en otros casos similares, la salud de la democracia exige un castigo aleccionador. De lo contrario, estaríamos poniendo trampas a la democracia, y podríamos caer en el impúdico cinismo de los abogados de Berlusconi, cuando dicen: “La ley es igual para todos, pero no su aplicación”.