esta crisis global que nos desespera (la desesperanza nace de lo que sabemos, la esperanza de los que no sabemos) tiene muchos aspectos positivos en su paradoja. Y voy a enumerar alguno. La crisis del ladrillo, por poner un ejemplo recurrente, frena la destrucción del paisaje y, de momento, pone coto a tanta especulación y a tanto pelotazo fácil con que se han enriquecido ciudadanos sin escrúpulos, amparados en siempre dispuestos muñidores políticos, los primeros beneficiarios.
La recesión económica que nos obliga a que miremos mucho más el bolsillo, a no gastar al tuntún, a consumir menos y de modo más racional, a dejar el coche en casa, a girar más a la izquierda el termostato de la calefacción, a rebajarnos los humos, todos los humos, tendrá sus efectos en reducir las emisiones de CO2, y quizá en frenar el calentamiento del planeta.
En la mundialización de una sociedad asediada (estrangulada) por los especuladores, omnímodamente mercantilista, donde el fín último de todas las cosas, de todas los negocios, de todas las relaciones, de todo cuanto hacemos es la progresiva rentabilidad económica, parece que la crisis está sirviendo para ventilar, para abrir de nuevo las ventanas cerradas a valores olvidados, arrinconados, que tienen que ver con lo social, con lo ecológico, con lo cultural, con las sensibilidades artística y paisajística, con la dimensión perdida de un mundo asfixiante que vamos camino de convertir en un infierno.
La crisis está haciendo que apreciemos más lo nuestro, nuestra cultura. El hecho aislado, anecdótico quizá, pero significativo, de que, por primera vez, el museo de El Prado esté siendo más visitado por españoles que por extranjeros, ilustra lo que digo. Y no es que haya desminuido la cifra de los visitantes foráneos. Se ha incrementado la de los nuestros, dicen, hasta un 59%.
La crisis también nos pone en forma. Nos rebaja las mantecas y con ellas los niveles de colesterol. Se quejan los hosteleros (los gallegos) de que el número de cenas en los restaurantes ha disminuido en un 35%, en los últimos meses. Casi en el mismo porcentaje se han visto reducidas las comidas de trabajo. Se come más en casa, o no se come. Menos plato y más zapato, se vuelve bueno el viejo y saludable consejo.
La crisis también sirve para poner en evidencia a la clase política (los políticos cada vez demuestran menos clase). Unos políticos, en general, anodinos, miserables intelectual y moralmente, que nos embaucan, que nos mienten, incapaces de reaccionar ante las adversidades, ineptos para gobernar, para imaginar el futuro. Van a la deriva, arrastrados por la corriente de las encuestas, sin rumbo, sin otra ambición que la de sobrevivir en sus cargos. “Estamos cansados de seguir a vuesas mercedes por esos caminos sin camino”, que diría Sancho, y que ya comenzamos a repetir todos, despabilados, espoleados por la crisis.
La crisis que nos desespera, está siendo un revulsivo para nuestras conciencias dormidas, entumecidas, atrofiadas por un sistema y unos poderes empeñados en establecer la sociedad del hombre sin atributos, como en la célebre novela de Musil. Un hombre sin otros sentimientos o valores que no sean los de consumir por consumir para mayor gloria del mercado.
Lo malo de la crisis lo sabemos, lo sufrimos. Lo bueno lo sabremos algún día.