Domingo, 21 de marzo de 2010 - 23:59 h
J. V. Domínguez
18-12-2009 22:48

Feijóo y el mito de Narciso

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El mayor problema de Narciso fue la ninfa Eco. Él solo se miraba a sí mismo y ella estaba herida por su desamor. Narciso no sabía que Eco estaba condenada a repetir las últimas palabras de todo cuanto se le dijera, pues así se lo había impuesto Hera, la esposa y hermana mayor del dios Zeus.

Feijóo bien puede ser Narciso y Eco al mismo tiempo. Y Rajoy sería Hera; pues aunque manda menos que Zeus, está ligada a él por vínculos indisolubles. En esas freudianas cábalas estaba Feijóo, pavoneándose frente a Hera, con el activo de su éxito electoral a cuestas cuando, mirándose en el agua de la piscina de Monte Pío y viéndose hermoso y brillante cual Narciso, se le ocurrió pensar en sus posibilidades de liderazgo a nivel estatal, y se preguntó: “¿Y por qué no?”. Y Eco contestó: “¡Porque no!”

En otro momento, henchido de un narcisismo aún mayor, quiso que le predijesen si podría extrapolar su gloria política hacia fuera. Y a su pregunta, Eco contestó: “¡Fuera!”

Pero Narciso (Feijóo) no podía aceptar la limitación de espacio que a través de Eco le imponían Hera (Rajoy) y otros mandados de Zeus. Dejaban que se deleitase viendo su imagen en los mil ríos de su País y, solo a veces, para que saciase una pequeña parte de su gran vanidad, le permitían asomarse por Madrid con una misión concreta: “Vas a la conferencia de presidentes y le dices a Zapatero que no”.

Ante tanta responsabilidad, Feijóo (Narciso), creyéndose aún más hermoso de lo que se veía, volvía a preguntarse: “¿Seré yo el líder?, ¿ya he visto a Zapatero y le dije que no?”. Pero Eco, erre que erre, fiel y obligado por el mandato del mandado Hera Rajoy, contestaba: “Dije que no”. Fue entonces cuando Narciso, desdeñado, pero cada vez más subyugado por la bella imagen de sí mismo, se obsesionó con la idea de liderar España y cruelmente se negó a aceptar el amor que Galicia le había manifestado y de donde provenía su aparente belleza…

Así, Narciso Feijóo se retrajo de atender las necesidades de su pequeño País y hasta las suyas propias, para acabar convirtiéndose en la flor de narciso de que nos habla Ovidio.

La ninfa Eco, consumida por su desamor y convertida en una voz sin forma, no paraba de repetir la palabra que más había escuchado de su amado Narciso: “España, España”. También Hera (Rajoy) se acabó consumiendo, diluido en su falta de liderazgo y el desamor de su hermano y esposo dios Zeus.

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