La mediocridad puede estar parapetada tras un cum laude en Harvard. Se te cuela en cualquier olimpo bancario por atajos genéticos. Toma un palacio de La Moncloa con irreprochables certificados de legitimidad democrática. Ocupa el puente de mando de la calle Génova. Trepa como una enredadera por los organigramas de los medios de comunicación. Se instala en la cultura, la okupa, la posee, y después se hace resistente a los exorcismos. Desarrolla una inmunidad social que acaba acohonando a las mentes brillantes, miradlas, que se limitan a sobrevivir bajo un bombardeo incesante de gilipolleces, la coordinada conjura de los necios y el desarrollo lento y seguro de una era de las sombras.
La mediocridad no tiene término medio: o estas con ella o estas contra ella. Y como son muchos más los primeros que los segundos, la dictadura democrática de la mediocridad ha venido para quedarse durante algunos siglos a través de muchas siglas. La mediocridad firma al pie del BOE, estampa el sello cardenalicio bajo un comunicado de La Conferencia Episcopal, se pone al frente de las manifestaciones o los silencios de los sindicatos, mantiene a Díaz Ferrán al frente de la CEOE, preside algo más que clubes de fútbol, concede premios a los más bobos, le da pan a quienes no tienen dientes, poder a los pusilánimes, escaños a los sumisos, ministerios a los pobres de espíritu, coches oficiales a los que solo saben meter la marcha atrás, el futuro a los ciegos, el presente a los tontos, la historia a los analfabetos emocionales, la esperanza de un pueblo a personas de las que no se puede esperar casi nada, las llaves de la caja fuerte colectiva a personas de las que se puede esperar casi todo. Cuatro décadas después de que la humanidad hubiese gritado en París: ¡la imaginación al poder!, la mediocridad se ha convertido ya en la cómoda placenta de una sociedad que ha decidido vivir en permanente estado embrionario, cautiva en ese líquido amniótico al que llamamos estado de bienestar.
Incluso la crisis está siendo mediocre: en sus orígenes, en su desarrollo y en el génesis de reflexión de sus víctimas, ¡oh, los sufridos ciudadanos!, que solo aspiramos a salir de ella con la ingenua y gris aspiración de volver a encontrarnos en el absurdo punto de partida.