Por Abel Caballero, el alcalde de la ciudad donde mi madre aprendió a conjugar el verbo amar, ya no me sale, desde hace unos días, un artículo, sino una oración: que le perdone la historia, porque no sabe lo que hace.
Se fuma todas las mañanas su porrito de poder, esa droga dura que suministran los camellos infiltrados en todos los partidos políticos, y se siente cada día mas alto, más guapo, más infalible, por mucho que el tozudo espejito mágico de los sondeos le recuerde que hay socialistas mejores que él en el reino.
Es el problema de las personas ilustradas que de mayores no quieren ser líderes carismáticos, sino caudillos: creen que por todos los caminos, incluso por el de las urnas, se puede llegar a practicar el gobierno del pueblo, por el pueblo pero sin el pueblo. ¡Cuánto daño le ha hecho el franquismo, oh, dios, a los políticos postfranquistas!
Si fuera filósofo, habría acuñado una frase inmortal para la historia: “yo solo sé que lo sé todo”.
Si fuera sincero, prodigio que solo podría producirse si se reencarnase en otra persona, declararía que su humillante derrota electoral como candidato a la Xunta, solo fue una conjura de los necios gallegos.
Si fuera inteligente, asunto que solo permite albergar alguna duda repasando su currículo, pero que despeja casi todas repasando sus obras, reconocería humildemente que ha dejado en evidencia la teoría del bueno de Arquímedes: le han dado puntos de apoyo (un ministerio a dedo, una alcaldía por control remoto del Bloque) y ha sido incapaz de mover el mundo.
Ahora, miradlo, quiere sacarse un conejo de esa cajita mágica a la que llamamos Caixanova. Va reclutando por ahí vigueses que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, y quiere montar una especie de manifestación a lo Plaza de Oriente en la Plaza del Rey del concello.
A mis escasas luces, lo que está intentado de fondo no tiene nada que ver con lo que aparenta en la forma. Ha salido al balcón a gritarnos, como una caricatura de alcalde de Móstoles: ¡vigueses, la ciudad está en peligro! Pero yo creo que el peligro que le preocupa es el que corre José Luis Pego, qué quieres que te diga, sucesor in pectore de Gayoso, amigo invisible y residente en la misma ciudad. Mucho me temo que nos está dando el pego.