Ahí va Zapatero, otra marioneta manejada por los hilos de la crisis, como un niño con el juguete roto de Europa bajo el brazo.
Se lo va pasar pipa durante seis meses, de cumbre en cumbre, de foto en foto, de oca a oca y tira porque le toca, mientras los pobres mortales elucubramos sobre este nuevo euromisterio de la “trinidad”: tres presidentes distintos y una sola UE verdadera.
Entre Barroso y Van Rompuy, dos dioses con contrato fijo, irrumpe en el olimpo de Bruselas ZP, un dios con contrato temporal obsesionado con poner una pica en Flandes.
Un triunvirato, no fue capaz de resistirlo ni el sólido imperio romano: ya me dirás tú que posibilidades tiene la frágil Europa, miradla, que intenta resurgir del frío del Tratado de Lisboa.
El comienzo de la cama redonda presidencial no ha podido ser más alentador, oye. El primer conato de incompatibilidad de caracteres, no ha surgido por el insignificante problema del paro, por la anecdótica epidemia de gripe A financiera, por el diálogo social continental o cualquier nimiedad de esas que conforman el prosaico e intrascendente puzzle de la crisis.
El primer pulso entre los dos gallos de pelea: Zapatero y Van Rompuy, un ave de paso y una paloma adiestrada, ha surgido como consecuencia de un hecho que, a todas luces, puede cambiar el rumbo de la historia europea: si la foto de la cumbre de Obama con Europa se hace en Madrid o en Bruselas.
Si de anfitrión hace el Presidente rotatorio o el Presidente del Consejo. Quién de los dos podrá contarle a sus nietos, je, mientras señala a un tipo que sale en una foto junto al primer presidente negro de USA: ¡este es tu abuelo! ¡Qué buen antídoto contra los euroescépticos!
Es posible que Europa sea la tabla de salvación personal e intransferible de Zapatero, el refugio vitalicio de los Almunias, el escondite de un santo grial llamado Tratado de Lisboa, un Camelot, una cosa.
Pero para los pobres mortales, qué quieres que te diga, solo es un barco a la deriva por el océano ártico de la frivolidad y la burocracia.
Parecía insumergible y soñábamos que nos estaba llevando al nuevo mundo. Pero ha empezado a transmitirnos el “síndrome del pasajero del Titanic”. Bajo la punta del iceberg se esconde la decadencia de occidente ¡Sálvese el que pueda!