La verdad es que me quería hacer el gallego con este asunto. Lo veía venir, me echaba prudentemente para atrás y soñaba con verlo pasar, como acaban pasando sobre mi tierra las dichosas borrascas de las Azores: nunca choveu que non escampara.
Escuchaba las voces y los ecos de los Carlos Callón y las Glorias Lago, de la Mesa por la Normalización y Galicia Bilingüe, de los unos y los otros sacándose las lenguas y después los ojos, y practicaba ese estúpido e ingenuo ejercicio geométrico de intentar hallar la equidistancia.
Lo que me produce alergia de las ideologías es que condenan al exilio a la empatía: nadie se pone en el lugar de otro, salvo que ese otro comparta carné de partido. Lo que me produce urticaria de las manifestaciones es la tiranía de la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón: solo se usan las cifras como arma de destrucción masiva.
Lo que me inquieta de los poderes establecidos es esa convicción de que rectificar no es de sabios, sino de suicidas electorales.
Lo que me duele estos días, en los que estamos levantando un invisible y absurdo “muro de Berlín” lingüístico, es ese callejón sin salida en el que nos estamos metiendo, ¡oh cielos!, donde lo importante ha dejado de ser lo que se dice y lo trascendente ha empezado a ser cómo, en qué idioma se dice.
La banda sonora de la historia de mi familia es una fusión entre la lengua de Rosalía y la lengua de Cervantes. Ninguna ley, ningún decreto, consagró la co-oficialidad del idioma materno y el idioma paterno en la república independiente de mi casa.
La vida nos iba entrando en estéreo en gallego y castellano, y ninguna de las dos lenguas, en una sola Galicia verdadera, nos heló jamás el corazón.
Empiezo a pensar que la política ha dejado de ser el arte de resolver los problemas de la sociedad, y ha evolucionado hacia el arte de crearlos donde no existían.
Empiezo a sospechar que los gobiernos y sus partidarios y las oposiciones y los suyos, son réplicas de los esperpénticos personajes de aquella célebre comedia: “¡no me grites que no te oigo!”
Empiezo a dudar si en realidad no queremos entendernos ni en un idioma, ni en otro, ni en los dos juntos, revueltos y consensuados. En menudo lío estamos metiendo a esos locos bajitos gallegos.