Yo, cuando sea mayor, quiero ser Julio Fernández Gayoso. JFG, como abreviaría el New York Times si se editara en Galicia. Otro claro ejemplo de la longevidad genuinamente galaica en el poder que, sin ningún ánimo de establecer odiosas comparaciones, ha seguido los pasos de Franco, de Fraga, paisanos de esos a los que no les mueve la silla ni un terremoto como el de Haití. Cuando un gallego llega al poder, a cualquier poder, muchas coñas con eso de si baja o sube las escaleras, si va o viene. Pero la tozuda realidad sigue demostrando, una y otra vez, que le habrá costado un horror encontrar la puerta de entrada, pero le cuesta mucho más encontrar la puerta de salida.
A “Franquito”, por ejemplo, hubo que sacarle de El Pardo con los pies por delante. El viejo león de Vilalba nos descubrió sus intenciones hace muchas décadas, cuando declaró ante Dios y ante la historia: “¡la calle es mía!”. La derecha española ha perdido toda esperanza, incluso la de Aguirre, de desalojar a Rajoy de la calle Génova. Y bueno, a Paco Vázquez porque se lo llevó el Señor a la gloria, sino seguiría erre que erre, mejor dicho, ele que ele, observando desde su ventana la plaza de María Pita. Tienes a Cacharro, que ha resistido otra guerra de los treinta años, o a su fotocopia ourensana, Baltar, ante el que algunos paisanos empiezan ya a santiguarse en el nombre del padre, y del hijo, y vete tú a saber si del Espíritu Santo.
Los gallegos, cuando llegan, es que es para quedarse, oye. Lo de Touriño sólo fue una excepción que confirma la regla. Suele producirse cuando uno no llega sólo, sino acompañado. Pero esto otro de JFG es de manual de libro: lleva más de 40 años y sigue convencido de que le quedan otros tantos, mientras murmura en la intimidad de su despacho: ¡la caja soy yo!
Pero yo no quiero ser de mayor Don Julio (como le llaman por estos pagos) para tener su caja, sino para tener su cajón. Poder abrirlo, sacar su agenda de acreedores de favores, y convertir a nacionalistas de pro en Judas, a alcaldes en caricaturas de flautistas de Hamelín, a discretos representantes de la burguesía en lacayos, a medios de comunicación en cómplices..., en una conspiración que me río yo de “todos los hombres del presidente” en aquel feo asunto del Watergate.