Lei de caixas, decreto del gallego y cambio en el PP de Ourense. Son o eran los tres grandes objetivos políticos del presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, jaleado por el diario La Voz de Galicia, cada vez más entregado a ciertos intereses del PP, cuyo gobierno, con los impuestos de todos, le hace suculentos giros de dinero prácticamente cada semana. En alguna ocasión, según reconocen ambas partes públicamente, a cambio de “informar” de la gestión de la Xunta; algo sin precedentes en las democracias occidentales donde existe prensa libre e independiente. Ambas partes también siguen empeñadas en echar abajo el decreto eólico, aunque en este caso tropiezan con la acción de la justicia, y hacen todo lo posible para cargarse a Augusto César Lendoiro y al Deportivo, que en el fondo es una manera de matar la ilusión de mucha gente y, en especial, de muchos chavales. En este asunto, la Xunta ha hecho tanto el ridículo que anuncia el Xacobeo 2010 en los partidos televisados del Depor pero, para dañar al único club gallego de Primera División, lo hace de manera que éste no reciba ni un euro. Y como quiera que Feijóo se declara deportivista, se supone que con semejante insensatez solo intenta complacer a Santiago Rey, el editor de La Voz empeñado en llevarse por delante a Lendoiro, quien resiste como gato panza arriba, pero resiste. Lo hace como llanero solitario, sin que apenas nadie le eche una mano en una ciudad como A Coruña, cuyos grandes prohombres parecen tener miedo. Pero no pasa nada: a pesar de todo, de lo único que habla cada día la CNN con respecto a Galicia es del Deportivo, convertido en un exitoso símbolo de resistencia frente al abuso.
Pero no perdamos de vista los otros asuntos, porque Feijóo no solo está patinando en el Xacobeo, al tiempo que infravalora al equipo al que, por paradójico que resulte, adora su padre; por cierto, un señor muy agradable. El presidente gallego no ha sabido negociar la fusión de las cajas con el PSOE, olvidándose de que los socialistas gobiernan en España y mandan en el Banco de España; ha llevado demasiado lejos sus diferencias políticas y personales con Julio Gayoso, el presidente de Caixanova, toda una institución, y ahora se encuentra con que puede no bastarle el apoyo interesado de Santiago Rey. En Cataluña, donde algo saben de estas cosas, jamás negocian así con Madrid: primero pactan y después escenifican las diferencias; jamás al revés, como pudo constatar Mariano Rajoy en sus tiempos de ministro del Gobierno de Aznar. Si Feijóo estuviera bien asesorado o tuviera realmente un equipo de alto nivel, no cometería errores como el de las cajas, donde Galicia tanto se juega, en medio de falsos discursos e intereses inconfesables. Porque de lo que se trata no es de montar el numerito, sino de lograr un resultado. Aquí, como en el fútbol, lo importante no es echarle la culpa al árbitro, sino ganar el partido, y de momento Feijóo va perdiendo en la segunda parte. Si finalmente Galicia se queda sin cajas, la historia escribirá que fue bajo su mandato. Y es que cada día que pasa es más evidente que Galicia corre el riesgo de perder sus cajas, algo que si se produce equivale a regalarlas; ni siquiera a venderlas, ya que en la hipótesis más negativa todo puede salir mucho peor que cuando Unión Madrileña se hizo con Fenosa: ahora quien “compra” ni paga ni da acciones a cambio. Así de sencillo.
Es posible que los dirigentes de las dos grandes caixas de Galicia cometieran errores, del mismo modo que los responsables de la mayoría de las entidades financieras españolas, de ahí que estemos con las dificultades que estamos. Pero cuando se apartaron del medio, los políticos que cogieron las riendas tampoco fueron capaces de encauzar los problemas.
Si bien apenas queda tiempo, no todo está perdido, y lo primero que debemos saber es si alguien juega con cartas marcadas para echarlo de la partida. El PP, por ejemplo, no dice lo mismo aquí que en Madrid, y a Feijóo le corresponde liderar este asunto de una vez por todas, demostrando que es un político negociador. En Madrid y en Vigo.
Seamos prácticos. Sin un pacto entre el PP y el PSOE y, lo que es lo mismo, entre la Xunta, el Gobierno y el Banco de España, Galicia saldrá perdiendo, por mucho que luche el BNG, cuyas buenas intenciones pueden estar siendo manipuladas por más de uno.
Con lo del idioma gallego, en el fondo, sucede como con las cajas, con la diferencia de que en la fusión el objetivo que se persigue aparenta ser noble, mientras que en lo de la lengua se va contra la ya famosa frase de Xesús Palmou en el Café de Redacción de Xornal de Galicia, cuando dijo que no se puede amar a Galicia sin amar el gallego. El presidente Feijóo se precipitó al querer desmontar la modesta colina conquistada por el idioma propio de Galicia y ahora ya se plantea dar macha atrás. Del mismo modo que en Ourense, donde Baltar le ha dado un buen repaso democrático, al mantener el poder provincial del PP frente a todo tipo de presiones, tan impresentables como incluso mal ejecutadas por políticos conocidos como O Rogelio o Toñito de Allariz. No es de extrañar que, visto el espectáculo, hasta el inofensivo Mariano se echase las manos a la cabeza y se interesara por quién patrocina la fugaz carrera política del dichoso Toñito de Allariz.
Y así tenemos Galicia, donde en vez de hablar de cómo combatir el paro entre todos, porque eso también depende del Gobierno de Feijóo –y mucho, en todo lo que es microeconomía–, estamos enredados en hacernos daño entre nosotros mismos, machacando al Deportivo, montando mal el Xacobeo, castigando el gallego, jugando con las cajas y pervirtiendo lo que queda del periodismo. El presidente tiene respaldo parlamentario suficiente para seguir gobernando. Incluso puede seguir cometiendo errores, pero seguramente le irá mejor si recupera su inteligencia, que la tiene, y si sabe tender la mano, sin ser injusto ni hacer daño. Con talante democrático y asumiendo que solo los poderosos pueden ser generosos.
Hay gente, sobre todo en la izquierda y en el nacionalismo, que ya pone en duda ese talante democrático de Feijóo, del mismo modo que su liderazgo político. Quizá sea pronto para llegar a tan desoladora conclusión, ya que a Alberto –más que a Feijóo– le avala una trayectoria de político tecnócrata, liberal y moderno, con sentido común e incluso con sentido del humor. Puede suceder simplemente que lo que estamos viendo sea consecuencia de la falta de previsión, fruto de haber llegado al Gobierno sin esperárselo. No se trata de disculparle a él y de echarle toda la culpa a quienes le rodean, pero es evidente que el presidente gallego tiene un equipo flojo, en parte debido a que personas valiosas rechazaron acompañarle. Por tanto, no solo el Gobierno de Zapatero requiere un cambio; también el de Feijóo, a quien le quedan tres años para demostrar que es un político a la altura de Galicia. Hay conselleiros/as que no están preparados/as para desempeñar sus actuales cometidos y en la presidencia faltan asesores de nivel y sobran recaderos.
La buena imagen de Feijóo en ciertos medios de Madrid, donde es evidente que cae bien, contrasta con lo que ya piensan de él en estamentos financieros y políticos, que juzgan su actuación como propia de un dirigente sin cintura, inexperto e impetuoso.
Salvar las caixas –o al menos una de ellas– con pragmatismo, situar el idioma gallego donde le corresponde, abandonar los sectarismos y las concesiones arbitrarias, entender que Galicia también es plural y, por encima de todo, afrontar la lucha contra el paro, parecen políticas más sensatas que las que viene ensayando Feijóo. Si, por el contrario, mantiene su empeño en imponer sin convencer y atribuye la salida de la crisis y el lío de las cajas al Gobierno de Madrid, en vez de asumir sus propias responsabilidades, es posible que logre engañar a algunos algún tiempo pero no a todos todo el tiempo.
En definitiva, es la hora del presidente de la Xunta porque tiene en su mano el futuro de la economía de Galicia, tanto a nivel financiero como social. Ojalá que acierte.